Arte y Cultura

Apología del retablo (barroco), por @jicito

Retablo de los Reyes de Jerónimo de Balbás - 1737 - Catedral Metropolitana

por José Ignacio Lanzagorta García

 @jicito

Constantemente he escuchado a personas decir que no les gusta el interiorismo barroco de los viejos templos coloniales. La expresión suele venir acompañada de la mención a un par de excepciones. Que si tanto oro de los que dicen promover el desapego, que si el pueblo pobre con su iglesia reluciente, que si el intrincado garigoleo encierra mensajes de control sobre las conciencias.

Casi siempre suelo estar de acuerdo excepto por una cosa: el interiorismo barroco no deja de ser extraordinario. A veces creo que sólo se trata de saber modular la aproximación, para hallar en él esa exaltación de lo humano que significó todo el movimiento barroco. Entre rencores, el terrible interiorismo neoclásico, desdenes educativos y necesarias convulsiones históricas, poco nos queda de esa era. Un buen retablo barroco, con sus santitos en orden, es todavía un corazón palpitante que cuesta ignorarlo pero también, cada vez más, comprenderlo.

Recientemente me he vuelto un asiduo coleccionista de –tomar fotos de- retablos novohispanos. Pocos sobreviven con sus elementos originales o, siquiera, con su discurso iconográfico completo, y eso convierte a cada uno en un interesante rompecabezas. Y es que los retablos no eran –o son- meros receptáculos de personajes católicos aleatorios: casi todos tienen algún tema, alguna enseñanza. Hay pasajes repetitivos que, para los curiosos y fijados, sirven para guiarse entre elementos faltantes o añadidos. La Pasión o temas relacionados con María son los más recurrentes. Pero también hay dedicaciones interesantes como la vida particular de algún santo donde suelen lucir los mejores lienzos de algún pintor de moda, los fundadores de órdenes del clero regular, los ángeles y hasta relacionados con la salud y tantos más.

Un buen manual para introducirse de lleno en la retablística barroca es la Catedral Metropolitana. En sus 15 capillas (más otros dos forzados altares) los hay del siglo XVII y del XVIII; hay originales, rescatados de otros sitios y los arrasados por la moda neoclásica del XIX; los dedicados a diversos temas y los que los repiten; los que albergan obras de los mejores pintores y escultores pero también de otros que no alcanzaron la fama. No es necesaria una guía especializada, la propia Catedral provee en sus capillas láminas informativas con lo básico. Las dudas vendrán después. Con una paciente disposición y tiempo para hacerlo cerca de la hora de la comida, que es cuando permiten circular libremente por las naves procesionales, basta.

Cuando me paro frente a una oscura capilla, apenas iluminada por una ventana superior, con un retablo estípite tan sombrío como resplandeciente, imagino un asfixiante olor a incienso, alguna banda tocando una música fúnebre fuera de la iglesia y ruido de pirotecnia. Alcohol y mucha comida azucarada. Es el cuarto día de fiesta de algún santo o celebramos una canonización. Me sumerjo en esa atmósfera que vive en mi imaginación del siglo XVIII en el que la fiesta tenía una extraña intensidad y confusión de lo sagrado y lo profano, lo corporal y lo espiritual, la culpa y el placer, el arrojo y la contención. Una auténtica fiesta barroca que, a pesar de la cercanía temporal, a veces resulta tan enigmática como una fiesta de Huitzilopochtli. Para mí un retablo novohispano me sigue hablando de una forma de ser y pensar que ya no existe, pero que tenía una dimensión de la experiencia humana que todavía tendría algo qué enseñar.

Salir de la versión móvil