Arte y Cultura

Grita en silencio / Memoria que se borra: Vida Yovanovich nos lleva en un viaje a través de la angustia

por Eduardo Pérez

@eduardo_dice

Durante la presentación de su exposición Grita en silencio / Memoria que se borra, la fotógrafa Vida Yovanovich nos pidió que volviéramos otro día con calma.

Al terminar el evento me acerqué a ella y tuvimos una muy pequeña charla, en la que constaté que las historias que cuenta acerca del proceso de su trabajo son tan ricas como éste.

El fin de semana volví al Laboratorio Arte Alameda, con nuevos ojos llenos de pequeños consejos de parte de la artista para entender aún más este trabajo. Considero que la mejor sugerencia que me dio fue el de permanecer frente a cada pieza hasta que yo mismo supiera cuándo debía continuar.

Siempre he considerado el trabajo de Vida Yovanovich profundamente introspectivo. Creo que su fotografía nace de la necesidad de encontrarse con ella misma y de plasmar su descubrimiento en el blanco y negro del papel fotográfico, transfiriendo en cada imagen la sensación de ese viaje interno.

Grita en silencio / Memoria que se borra comienza justo así, con un viaje en tren proyectado en las paredes de la sala. Esta travesía, de cerca de ocho minutos, te conduce a un destino que no esperas: una sala llena de voces que repiten al mismo tiempo el mismo discurso, hasta hacerte dudar si realmente estás solo en la Torre de Control, cuya única iluminación, a manera de despedida del pasado, es un inmenso ventanal proyectado en la parte más alta de la sala. Ese lugar de pronto se convierte en una torre de Babel que genera una sensación de hacinamiento.

Esa sensación de ahogo se rompe en la siguiente sala: dos fotografías del campo de concentración de Mauthausen dispuestas una frente a la otra; imágenes de patios abiertos, inmensos, fríos, que sólo te alejan de todo, te llevan a una soledad profunda, te roban tu individualidad y hacen que te pierdas en ese paisaje infinito en blanco y negro. Vida Yovanovich te ha robado tu identidad.

Al ver la sala siguiente, Sálix Babilónica, uno piensa en el alivio. Cuatro fotografías de un mismo sauce llorón se proyectan en cada pared, y al centro, un espacio de 4 por 4 metros marcado en el suelo. “Es lo que medían las cámaras de gas”, me dijo Vida Yovanovich.

Situarte en medio de la sala, justo a la mitad de ese espacio marcado, justo en medio de esa cámara de gas desde la que puedes ver el paso del tiempo en el que esperas tu fin, admirando las imágenes fijas mientras escuchas la voz de un rabino cantor, es fuerte. Sin embargo, aún puede ser peor. Para mi buena y mala fortuna, en ese momento entró un grupo de ocho o diez personas dentro del mismo cuadro de 4 por 4 metros. En ese instante, el espacio personal es transgredido; no hay salida y sabes que lo único que queda es mirar las fotografías proyectadas hasta que todos se hayan marchado.

Lo más sorprendente de esta instalación es que, justo cuando te sabes perdido, escuchas el toque de un shofar; de una de las imágenes fijas que se proyectan en la sala, se desprende un ave que vuela hacia la lejanía. Otra vez soy sorprendido por la artista: lo que veo no es lo que es, sino lo que ella quiere que vea.

Interpreto el vuelo de esa ave como un símbolo de esperanza y entro a la sala continua, seguido de muchas personas más tras de mí: imágenes proyectadas cuidadosamente para hacerme saber que no estoy solo, que hay otras almas en el mismo sitio, en el que se encuentra la fotografía de un niño volando un papalote.

La última sala: un bosque helado producto de la angustia y el despojo de la individualidad de la que he sido objeto. Camino entre  esos árboles que me llevan a un enorme muro de cantera –el llamado Muro de Paracaidistas- desde el cual, comentó Vida Yovanovich en la presentación de la exhibición, saltaban los prisioneros desesperados para morir al pie de ese acantilado en el que, y no creo que haya sido casualidad, se encuentra la salida de la exposición.

Al salir, descubro que tengo un silencio ahogado, un silencio angustiante que es, sin lugar a dudas, un grito en silencio.

Vida Yovanovich ahora explota tanto el color como los recursos audiovisuales y logra, nuevamente, llevarme por un viaje en búsqueda de sí misma y de su pasado, explotando al máximo el concepto de memoria histórica para que el espectador -de acuerdo con su propio conocimiento e interpretación de los hechos sucedidos en un campo de concentración- reflexione acerca del pasado, de su percepción de la realidad y de su ahora.

A lo largo de la exposición hay una serie de preguntas y reflexiones de importantes filósofos actuales. Sin embargo, después de haber hecho un viaje por mi propia angustia, y resultado de ese aprendizaje, me quedo con una frase dicha por la misma Vida Yovanovich en el marco de esta exposición:

No podemos hacer nada por el pasado, pero sí podemos hacer algo a partir de él.

La muestra permanecerá hasta el 9 de septiembre en Laboratorio Arte Alameda.

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