Arte y Cultura

Trágico recuerdo de una tragedia en Donceles, por @jicito

por José Ignacio Lanzagorta García

@jicito

Leía en Las calles de México de Luis González Obregón, que allá en 1789 tuvo lugar en la calle de Donceles un multihomicidio de once personas a manos de tres ladrones que, tras ser detenidos, fueron ejecutados y sus manos fueron clavadas en la fachada de la casa que robaron. González Obregón recalca que los asesinatos fueron realizados con toda saña y crueldad… y que hasta un perico que había en la casa mataron. El móvil era el robo de las riquezas de la familia Dongo, cuyo jefe, don Joaquín Dongo, era una personalidad célebre en los últimos años del Virreinato. Rico hacendado que había participado como prior (titular) del Tribunal del Consulado, es decir, de la corte especializada en temas comerciales, Dongo era además, albacea de los bienes del virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa que llevaba una década muerto para cuando la tragedia.

En todo caso, la historia me pareció terrible y me lancé a la que antes era llamada calle de los Cordobanes buscando restos de esta historia. La casa de la familia Dongo ya no existe. En su lugar, hoy el número 98 y antes el número 13 queda un no muy agraciado edificio.

Distinguí desde lo lejos una placa que alivia la angustia que me genera la desmemoria de cosas infames. Sin embargo, cuando me acerqué a leerla quedé profundamente ofendido. “En esta casa fue asesinado Dn. Joaguin Dongo 1789”. Nada más. ¿Y los otros diez que señaló González Obregón?

Con Dongo fueron asesinados su primo Nicolás Lanuza, un lacayo llamado José, un cochero Juan, un portero Juan Francisco, otro portero también llamado José y un indio correo del que González Obregón no nos da ni el primer nombre y que tuvo la desgracia de traer un mensaje desde la hacienda de Dongo. Sin nombre también, fueron muertas las mujeres de la casa: una galopina, una cocinera, una lavandera y un ama de llaves. Once personas. Un homicidio sanguinario, con un castigo ejemplar. Pero sólo la vida de Joaquín Dongo mereció una cicatriz en el predio donde ocurrió la desgracia. Ni siquiera por el interés que pudiera generar la historia, tal vez convertida en brutal leyenda, la placa es precisa.

No lo sé, también observamos que en el relato de González Obregón, sólo dos hombres merecieron nombre y apellido. De los demás hombres, con excepción de un indio, sólo su tenemos su nombre de pila. De las mujeres y el indio sólo importa su posición o trabajo en la casa. Será sintomático de una sociedad antigua y de castas que sólo se tome en cuenta el nombre del señor de la casa. Es sintomático de nuestro tiempo que la placa sólo haga mención a éste… La cicatriz que está expuesta hoy en Donceles 98 es de algo más que de un homicidio y es un buen recordatorio de que vemos algunas vidas más valiosas que otras.

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